¡Hola, MariPili! Qué alegría saludarte una semana más por aquí. Prepárate una buena taza de café o un té reconfortante, ponte cómoda y regálate este ratito para ti, porque hoy vengo a hablarte de una de esas trampas mentales en las que casi todas las madres terminamos cayendo sin darnos cuenta.
Durante muchos años de mi vida estuve completamente convencida de que ser una persona ultra autoexigente era una virtud maravillosa. ¿Te acuerdas de cuando ibas a una entrevista de trabajo y te hacían la típica pregunta de cuál era tu mayor defecto? Casi todo el mundo respondía con el pecho henchido de orgullo: “Es que soy demasiado autoexigente con mi trabajo”. Nos lo vendían —y nos lo creíamos— como si fuera el certificado de excelencia definitivo. Hoy, tras haber recorrido un camino muy diferente, pienso exactamente lo contrario.
La lección imprevista en el coche
Hace unos meses iban a entregarle los boletines de notas a mi hija. Tiene once años, está en sexto de primaria y es una niña tremendamente creativa y con una chispa increíble: lo mismo te pinta un cuadro precioso, que se inventa una coreografía en el salón o se pasa la tarde entera haciendo deporte. Pero, amiguis… seamos honestas, lo de estar horas y horas sentada memorizando un libro no es precisamente la pasión de su vida.
Unos días antes del día clave, veníamos las dos charlando en el coche y me dijo de repente: —Mamá, una amiga de la clase me ha dicho que para mí el día de las notas va a ser un mal día.
Le pregunté con curiosidad: —¿Y tú qué le has contestado, mi amor?
Y me dio una respuesta que todavía a día de hoy me emociona hasta las lágrimas: —“Que no. Que mis resultados no me definen. Lo que realmente me define es cómo soy cada día con la gente que quiero”.
Te prometo que me dejó helada en el asiento. En ese instante entendí que, casi sin proponérmelo, le estaba transmitiendo algo que a mí me costó décadas de sufrimiento aprender: que una nota, un fallo puntual o un objetivo no alcanzado jamás definen quién eres por dentro.
La trampa mental que arrastramos desde la infancia
Y sin embargo, ¿cuántas de nosotras hemos crecido encadenadas a la creencia opuesta? Un día, de muy pequeñitas, aprendimos que sacar sobresalientes era la única forma de sentirnos seguras y queridas. Aprendimos que trabajar más que nadie en la oficina era la forma de demostrar nuestro valor, y que hacer las cosas impecables evitaba la decepción de los adultos.
Ahí fue cuando nuestro cerebro hizo una asociación dañina y peligrosa: “Si lo hago todo perfecto, valgo. Si me equivoco, no soy suficiente”.
El verdadero problema es que esta mochila no desaparece cuando dejas el colegio. Te la llevas intacta a tu primer empleo, a la convivencia con tu pareja y, por supuesto, a la maternidad. Empiezas a exigirte más, y más, y más… hasta que una noche te acuestas desbordada sintiendo que, hagas lo que hagas, nunca llegas a nada. Yo sé exactamente lo que se siente porque viví atrapada en esa rueda. Cuando trabajaba en la banca siempre había un objetivo comercial más que cumplir, y aunque lo consiguiera, la sensación de paz nunca llegaba; solo aparecía el siguiente reto. Y mientras tanto, me olvidaba de disfrutar, me machacaba a mí misma y terminaba exigiéndoles la misma perfección a mis hijos y a mi pareja.
"Mejor hecho que perfecto"
Hoy tengo clarísimo que no quiero seguir viviendo así. No quiero que mi hija aprenda que su valor humano depende de una cifra en un papel. Quiero que se esfuerce, que tenga compromiso con sus proyectos y que luche por lo que quiere, sí, pero sin olvidar jamás la maravillosa persona que es cuando las cosas no salen como esperaba. Esforzarte no es el problema, amiguis. El problema es creer que solo serás digna de amor cuando lo hagas todo perfecto.
Si hoy sientes que la autoexigencia se ha convertido en tu sombra más pesada en casa, quiero regalarte una idea: no necesitas exigirte el doble ni apretar más los dientes. Necesitas empezar a tratarte con la misma ternura con la que tratarías a tu propia hija. Y la próxima vez que sientas que nada de lo que haces en tu hogar es suficiente, repite como un mantra: «Mejor hecho que perfecto».
En el nuevo episodio del podcast te comparto una reflexión profunda sobre cómo desmontar esta presión constante en unos pocos minutos. Le puedes dar directamente al botón rosa que te dejo aquí abajo para escucharlo.
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