¡Hola, amiguis! Qué alegría enormísima estar de vuelta por aquí contigo. Vengo con las pilas cargadas a tope, llena de energía y sintiendo muy dentro de mí que ya no soy exactamente la misma persona que se fue hace un par de semanas.
Quizá pienses que estoy exagerando cuando te digo que un viaje tiene la capacidad real de transformarte por completo, pero te prometo que es así. Acabo de regresar de hacer el Camino de Santiago. No sé si lo has hecho alguna vez en la vida; para mí era la segunda vez que me ponía las botas de andar y, aun así, ha vuelto a dejarme con la boca abierta. Porque es una experiencia maravillosa, pero no te voy a engañar, amiguis: también es duro de narices.
Cuestas empinadas que parecen infinitas, lluvia desapacible, alguna que otra caída tonta… y bastantes kilómetros en los que tus piernas queman y te atrapas pensando: “Pero vamos a ver, Raquel… ¿quién te mandaría a ti meterte en este fregado?”. Pero de repente aparece la naturaleza en todo su esplendor, los olores a tierra mojada, el compañerismo en cada parada, las personas increíbles que se cruzan en tu ruta… y esa conexión tan profunda con Dios (que en mi caso es así, pero para ti puede ser con la vida, con el universo o simplemente contigo misma, ¡y está perfecto!).
Confiar en ellos me hizo sentirme más fuerte a mí
Durante estos 113 kilómetros no te niego que dudé de mí misma varias veces. Dudé de si mi cuerpo sería capaz de aguantar el ritmo, de si me lesionaría los pies o de si me había equivocado de medio a medio llevando a mis hijos a una caminata tan exigente. Pero, ¿sabes de quién no dudé ni un solo segundo, amiguis? De ellos.
En todo momento vi su fuerza interior, su resistencia y su capacidad de adaptación. Y, curiosamente, el hecho de depositar una confianza ciega en ellos también me hizo a mí sentirme muchísimo más fuerte como madre.
Antes de irnos de viaje, varias personas de mi entorno me decían con las manos en la cabeza:
“Buah, yo a mi hijo jamás le llevaría. Sé perfectamente que no puede con tanto.”
“Mi hijo, con lo protestón y mimado que es… ni de coña aguantaría ni dos días.”
Y yo decidí hacer algo totalmente diferente: fui sin expectativas de manual. Les expliqué a mis hijos cómo iba a ser el proceso, les dije que podíamos parar las veces que hiese falta y que, si en algún momento apretaba el cansancio, llamaríamos a un taxi sin drama. Les dejé claro que no sabía qué iba a pasar en la ruta, pero que confiaba plenamente en ellos y que ya eran unos valientes solo por haber tomado la decisión de empezar a caminar.
(Por cierto, te confieso un secreto, amiguis: yo hago el Camino sin mochila a la espalda. La trasladamos con las empresas que se dedican a ello y duermo plácidamente en pensiones, hostales o apartamentos. Me lo hago fácil. Y si eres de las que piensa que así “no se hace el Camino de verdad”, me parece perfecto. El Camino se parece mucho a la vida: cada uno decide cómo quiere vivirla).
¿Cómo puedes hacértelo más fácil hoy?
De hecho, ante cada reto o desafío gordo que aparece en mi vida, intento hacerme siempre la misma pregunta: ¿Cómo puedo hacértelo más fácil? Y si está en mi mano dármelo, ten por seguro que me lo doy sin un gramo de culpa.
Porque la esencia del Camino no está en el peso físico que cargas sobre tus hombros hasta destruirte la espalda. Está en lo que sucede dentro de ti mientras avanzas: en las conversaciones espontáneas, en las tomas de conciencia y en lo que descubres sobre ti misma cuando las cosas no salen exactamente como habías planeado en tu cabeza.
Conocí a dos matrimonios que llevaban unas mochilas gigantescas a cuestas, pero cuyos hijos se habían quedado en casa con los abuelos. ¿Su opción es mejor o peor que la mía? No lo sé. Lo que sí sé con certeza es que la vivencia, las lecciones de vida y el aprendizaje que se han llevado mis hijos en estos 113 kilómetros no caben en ninguna mochila del mundo.
Muchas veces, amiguis, lo que nos frustra de la maternidad no es lo que sucede en el salón de casa; es la expectativa rígida que habíamos puesto sobre cómo debía suceder todo. Yo pude disfrutar tanto de este viaje porque no necesitaba que mis hijos reaccionaran de una manera perfecta para confiar en ellos. Acepté la incertidumbre, solté el control… y simplemente caminamos.
Dejar de mirar a tu hijo desde el miedo
Esto mismo es lo que nos ocurre a diario en la relación con nuestros hijos. Queremos saber qué hacer a cada segundo, queremos estar cien por ciento seguras de que estamos tomando la decisión correcta, queremos poner un límite y que funcione a la primera sin protestas, y queremos que ellos entiendan todo a la perfección… Y cuando nada de eso ocurre, empezamos a dudar sistemáticamente de nosotras mismas.
Por eso, aprender a confiar en ti cambia la dinámica familiar por completo:
Aprendes a poner límites firmes desde el amor y no desde el cabreo.
Aprendes a sostener una decisión aunque tu hijo no esté de acuerdo y monte un pollo.
Y, sobre todo, dejas de mirar a tu hijo desde el miedo a lo que puede pasar y empiezas a mirarlo desde la confianza en lo que es capaz de hacer.
Eso también se entrena y se aprende. Y es exactamente el corazón del trabajo que hago contigo. Porque si últimamente dudas de cada paso que das en casa, si pones un límite y a los cinco minutos te preguntas con culpa si te has pasado de dura, o si acabas gritando cuando te habías jurado por la mañana que hoy no perderías la paciencia… quizás tu propio Camino empieza hoy.
Tu invitación a transformar tu maternidad
Para este mes de septiembre he abierto nuevas plazas para las Sesiones de Claridad. Es un espacio individual para que podamos analizar qué está pasando en esa relación que hoy te preocupa, te desgasta y te hace dudar de ti misma, y valorar si quieres que te acompañe en este viaje. No para convertirte en una madre de catálogo perfecta, sino para que puedas volver a confiar en ti y disfrutar de tu familia.
Hay personas que les han dicho a algunas de mis clientas que este tipo de acompañamiento «no sirve para nada». Pero hay algo curioso: quienes lo dicen jamás lo han vivido. Romi sí lo vivió, y al terminar su proceso en la mentoría Vínculo lo resumió de esta forma tan bonita:
«Después de varios años de terapia y de tener muchas herramientas, seguía teniendo momentos de crisis y la culpa recibía mi llamada. Necesitaba algo más para evolucionar en mi maternidad: empezar a sanar mi historia para poder mirar a mi hijo con otros ojos y convertirme en la adulta consciente que puede contener, escuchar y poner límites.»
Eso es Vínculo. Cambiar tú por dentro para poder mirar a tus hijos de una manera completamente nueva. Si mientras me leías has pensado «yo quiero sentir esa paz con mis hijos», no esperes a estar todavía más exhausta. Reserva tu Sesión de Claridad para septiembre y descubramos juntas si este es tu camino.