¡Hola, cariño! Qué alegría enorme saludarte una semana más por aquí. Ponte cómoda, haz una pausa de verdad, sírvete tu bebida favorita y regálate este ratito para ti, porque hoy vengo a contarte una historia de mi infancia que parece un chiste, pero que guarda una lección gigante sobre cómo educamos en casa.
En mi casa cuando yo era pequeña había un gato. Se llamaba Jacinto (que manda narices quién le pondría ese nombre…; duró tan poco tiempo que creo que mi hermana ni se acuerda). Y el tío era más malo que la tiña. Se subía por todos lados: por las cortinas, por encima de los muebles, por la mesa… por donde le daba la santa gana.
Y mi madre se pasaba el santo día gritando por el pasillo: “¡¡JACINTOOOOOOOOOOO!!”. Se enfadaba, lo bajaba de las cortinas hecha un basilisco y renegaba porque el gato había vuelto a hacer de las suyas. Y yo, que estaba allí parada mirando toda esa escena, aprendí una conclusión definitiva: los gatos son unos capullos. Y ya está. Nadie se sentó conmigo a darme una lección teórica diciendo: “Raquel, hoy vamos a instalarte una creencia que te acompañará toda tu vida”. No hizo falta. Yo observé, vi cómo reaccionaba mi madre y mi cabeza de niña hizo el resto. (Por eso hoy, curiosamente, no simpatizo demasiado con los gatos).
Aprendiste a ser madre siendo primero hija
Ahora puedes pensar: “Raquel… ¿qué narices tiene que ver el gato Jacinto con cómo educo yo a mis hijos hoy?”. Pues lo tiene que ver absolutamente todo, amiguis.
Porque de pequeña no solo estabas aprendiendo qué pensar sobre los animales. Estabas absorbiendo sin filtro cómo funciona el mundo real:
Aprendías cómo se demuestra el amor.
Cómo se gestiona una discusión en el salón.
Cómo se ponen (o no) los límites.
Qué pasa cuando un adulto se enfada.
Qué ocurre cuando alguien comete un error y cómo se pide perdón.
Y, sobre todo… aprendías cómo se es madre.
Muchísimo antes de tener a tus hijos en brazos, tú ya estabas aprendiendo a educar. Llegaste a la maternidad con una mochila cargada de cosas que jamás elegiste conscientemente: creencias automáticas, patrones heredados, miedos, formas de reaccionar cuando te superan y varias «mierdecitas» emocionales (junto con un montón de cosas hermosas, por supuesto).
Por qué las técnicas de crianza se te caen a pedazos
El verdadero problema estalla el día que tu hijo te contesta mal, cuando llevas cinco veces pidiéndole lo mismo, cuando estás hasta el riqui de la rutina… y saltas. Gritas, amenazas con castigos absurdos, cedes por puro agotamiento y después te metes en la cama pensando deshecha: “Joder… otra vez he vuelto a caer”.
Entonces te pones a buscar herramientas desesperadamente. Lees libros, escuchas podcasts, aprendes a validar emociones y a poner límites conscientes. Todo eso está fenomenal, amiguis. El problema es que cuando llega la rabieta real, vuelves a reaccionar exactamente igual que tu madre.
¿Por qué ocurre esto? Porque intentamos cambiar lo que hacemos sin mirar primero desde dónde lo estamos haciendo. Y ahí está lo que yo llamo el paso de antes: ¿Qué creencia se activa dentro de ti cuando tu hijo desafía tu autoridad? ¿Qué pertenece a lo que está pasando hoy en tu salón y qué viene en realidad de tu propia infancia?
La transformación que trabajamos en Vínculo
Esto es precisamente el corazón de lo que acompañamos dentro de la mentoría Vínculo. No empezamos intentando cambiar la conducta de tu hijo ni dándote una varita mágica para que obedezca.
Empezamos observándote a ti. Porque cuando eres capaz de ver con claridad qué hay detrás de tu reacción automática, por fin puedes empezar a elegir conscientemente cómo quieres responder. Y ahí es donde cambia absolutamente todo. No porque tu hijo se vaya a convertir de la noche a la mañana en un pan sin sal (seguirá siendo un niño inquieto con sus momentos), sino porque tú ya no estás parada en el mismo lugar de la culpa.
🎙️ En el nuevo episodio del podcast profundizaré sobre cómo identificar estos patrones heredados. Puedes escucharlo le das directamente al botón rosa que te dejo aquí abajo.
Tu espacio seguro para llevar la teoría a la práctica
Si al escucharme te reconoces cansada de saberte la teoría pero ser incapaz de sostener la calma en la vida real, te recuerdo que en la descripción del episodio y aquí abajo tienes el enlace para reservar tu Sesión de Claridad conmigo.
No necesitas abarrotar tu cabeza con más libros de crianza ni buscar la fórmula mágica. Lo que necesitas es empezar a entender qué se activa dentro de ti para poder sanarlo. Nos escuchamos dentro del capítulo, amiguis. Te espero con los brazos abiertos.